| Editorial: No Planificamos por Miedo a Nosotros Mismos |
Publicado: Junio 2008 Autor: Editorial
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En general, en los países latinos planificamos poco, si comparamos con las costumbres de Estados Unidos, Japón, Canadá, Inglaterra, Alemania, etc.
¿Algo que ver con los genes?
En estos tiempos es fácil atribuir a los genes la responsabilidad de todo…es muy útil para no cambiar.
Pero no: la falta de planificación no tiene que ver con los genes, sino con nuestra cultura, tan afecta a “lo arreglamos con alambre”, o a “mañana nunca sabe”, (típicas expresiones que el maestro Roberto Fontanarrosa convirtió en títulos de algunos de sus cuentos).
Planificar tiene sus beneficios, ya que nos permite:
· Detectar las metas a las que queremos llegar. Cuando decimos metas, no decimos “declaración de deseos”: decimos objetivos concretos, cuantificados, a ser cumplidos en un tiempo determinado.
· Comprometernos con las metas, mediante la búsqueda de los caminos más adecuados para su cumplimiento.
· Evaluar de manera sistemática nuestro grado de avance, para poder implementar las correcciones que en cada caso resulten adecuadas.
· Al finalizar el tiempo comprometido en esa planificación, llegar a una conclusión definitiva, respecto de nuestro grado de éxito en relación a las metas planteadas.
· Iniciar un nuevo proceso de planificación, con la posibilidad de aprovechar la experiencia ganada. |
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“Experiencia ganada”: esa es la síntesis más exacta de lo que se produce a través de un proceso de planificación. Nos enriquecemos porque, aun si no logramos cumplir la meta, ganamos experiencia, y somos más sabios para la próxima vez.
¿Y por qué, siendo tan beneficiosa la planificación, le rehuimos con tanta contumacia?
A veces ocurre que uno se siente sobre-comprometido, cuando fija una meta.
Se supone en esos casos que fijarse metas quita la libertad de improvisar.
Por un lado, aparece la sensación de que la planificación produce encierro: si manifiesto que me propongo algo, ya no voy a poder cambiar.
Por otro lado, si me fijo una meta y luego no llego a cumplirla, sentiré el peso del fracaso.
Pero aquí es necesario replantearse nuestra relación con las metas, que tiene que ser una relación amigable y no persecutoria.
Nos fijamos metas para sentirnos contenidos, excitados por la posibilidad de éxito, comprometidos con nuestros propios deseos convertidos en objetivos.
Y si fijamos nuestras metas de buena fe, y hacemos lo que está a nuestro alcance razonablemente, somos triunfadores simplemente por eso.
Y si conservamos la flexibilidad para adaptar, en medio del proceso, aquellas metas fijadas a nuestra nueva realidad, incluso a nuestro nuevo deseo, también somos triunfadores, porque somos capaces de situarnos en un lugar de liderazgo, de conducción de nuestro propio proceso en la vida.
Hagamos la prueba por una vez. Cerremos los ojos, e imaginemos algún resultado deseable, en un aspecto de nuestra vida que dependa de nosotros.
Por una vez, no soñemos con aquello que no podemos manejar, sino con un deseo que puede tener un tiempo y un espacio de realización.
Definamos cuándo queremos que ese deseo se cumpla, y de qué manera.
De esta forma, ya tenemos una meta, y estamos en condiciones de elaborar un plan de acción para tener éxito.
Nos fijamos un plazo de cumplimiento. Y construimos estaciones intermedias: aquellos momentos (establecidos desde ahora) en que vamos a revisar la evolución de esta planificación.
Un éxito que obtengamos por esta vía, nos va a abrir un campo inimaginable de logros, que dependen de cada uno de nosotros.
Animémonos a tomar a la Planificación como una oportunidad de realización de nuestra libertad. |
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